Cáncer de esófago: alternativas a la cirugía
en el año 2007.
Resultados a largo plazo.
Dr. Pedro M. Politi. Oncólogo clínico. Equipo Interdisciplinario de Oncología. Buenos Aires.
Durante décadas, la cirugía radical (esofagectomía) fue la terapia
estándar del cáncer de esófago. Sin embargo, la mortalidad y graves
complicaciones asociadas con el procedimiento, así como el drástico impacto en
la calidad de vida de los pacientes supervivientes brindó el ímpetu para que
investigadores clínicos de diversos países buscaran alternativas terapéuticas
para esta enfermedad.
Los avances que se analizarán en párrafos siguientes se lograron durante
años en que se mostró un dramático cambio en la proporción de los dos tipos
histológicos predominantes del cáncer de esófago. En efecto, se observó un
crecimiento sin precedentes del adenocarcinoma esofágico, o más propiamente, del
adenocarcinoma de la unión gastroesofágica – una de las neoplasias sólidas de
más rápido incremento en incidencia en las últimas décadas. Esto obligó a
discriminar el porcentaje de pacientes con una y otra histología en los ensayos
clínicos.
Numerosos enfoques basados en una única modalidad terapéutica fracasaron:
así, la radioterapia sola tiene una tasa de sobrevida a cinco años de 0 (cero) a
10%, documentada en ensayos clínicos[1]
[2].
Más recientemente, la rama de radioterapia sola del ensayo norteamericano RTOG
85-01 (64 Gy en fracciones de
Del mismo modo, la quimioterapia sola, con diversas combinaciones de
nuevos y antiguos fármacos citotóxicos, no alcanza a erradicar toda la
enfermedad, y se asocia con una alta tasa de fracaso
local.
El siguiente paso conceptual fue diseñar secuencias de tratamiento:
quimioterapia o radioterapia pre-operatoria, con el objetivo de reducir el
volumen tumoral y (al menos, en el caso de la quimioterapia), tratar eventuales
focos metastásicos subclínicos. Nuevamente, ensayos controlados con asignación
al azar de los tratamientos (aleatorizados) no mostraron ventaja en sobrevida
para estas terapias preoperatorias, en comparación con ir directamente a la
cirugía.
Se argumentó que la cirugía no solamente serviría para controlar el tumor
primario, sino también para remover metástasis en ganglios regionales (próximos
al tumor) y para determinar con precisión la extensión (estadío) de la
enfermedad. La intervención del cirujano dejaría bien en claro qué pacientes
tendrían enfermedad limitada y por lo tanto, más probabilidades de curación o
sobrevida prolongada, y quiénes tendrían alto riesgo de recaída local y
enfermedad metastásica, permitiendo administrar terapias post-operatorias en
forma más racional.
Lamentablemente, tanto la radioterapia sola como la quimioterapia sola
fueron inefectivas para prolongar la sobrevida, cuando se las usó separadamente
en el post-operatorio.
En resumen, el enfoque de modalidad única resultó inefectivo como
alternativa a la cirugía.
La quimio-radioterapia combinada, simultánea, administrada en el
postoperatorio, mostró superiores resultados que solamente observación, pero
hubo un solo ensayo clínico aleatorizado exitoso (ensayo INT 116) [4]
luego de muchos años de intentos fallidos, y además, sólo es válido para
pacientes con adenocarcinoma de la unión gastroesofágica, en quienes
probablemente se halle una biología tumoral particular. Por otra parte, este
tipo de estrategia complementaría la cirugía, y de ningún modo buscó erigirse en
alternativa a la misma.
Luces y
sombras de la cirugía radical en cáncer de esófago
Si bien no hay duda que la cirugía logra el cometido de remover la
enfermedad macroscópica y definir la extensión de enfermedad, hay actualmente
diversas tecnologías sofisticadas de estadificación, de tipo no invasivo, que
con alta confiabilidad permiten evaluar la extensión de enfermedad, tanto local
como a distancia. La tomografía computada helicoidal, y en particular la
tomografía de emisión de positrones (PET) con el radiofármaco
18F-deoxi-glucosa (FDG) identifica sectores o nódulos
hipermetabólicos en forma muy precisa y confiable, a partir de un diámetro de
Ciertamente, la cirugía es una terapia que logra remover el tumor
primario y sus ganglios regionales en un solo procedimiento, que restituye a la
vez el tránsito digestivo, creando una nueva comunicación o conducto, que
anastomosa (conecta) la faringe con el intestino (interposición) o con un sector
del estómago. Hay dos abordajes: el más usado es la esofagectomía trans-hiatal,
o THE (por su sigla en inglés) en que se realiza una incisión lateral en el
cuello y varias pequeñas para exploración laparoscópica en abdomen. Si no hay
enfermedad diseminada o irresecable, se abre el abdomen, se remueve el esófago y
se anastomosa el tubo digestivo con la faringe en el cuello. El principal
problema local es la pérdida de fluidos o falla en la sutura cervical, que puede
requerir reoperación. Además, riesgos de sangrado, complicaciones
cardiovasculares o cerebrales, embolia pulmonar, neumonía, shock, sepsis, etc.
El abordaje trans-torácico (TTE)
requiere una toracotomía amplia oblicua, y expone muy bien el esófago torácico.
Se asocia con más dolor postoperatorio, mayor riesgo de complicaciones, más
prolongada estadía en terapia intensiva e internación, y mayor
mortalidad.
Los resultados a largo plazo de la cirugía esofágica radical dependen de
la condición física de los pacientes operados (selección de pacientes), de la
habilidad, equipamiento y experiencia del equipo quirúrgico (y del número de
intervenciones anuales de este tipo realizadas por el equipo: hay un claro
“efecto del volumen de cirugías” sobre la calidad y los resultados). Las series
norteamericanas y europeas exhiben tasas de mortalidad variables entre 10% (el
promedio histórico) y series más pequeñas que publicaron 5% y hasta 1.1% de
mortalidad en pacientes muy seleccionados [5].
La tasa de complicaciones graves, que requieren prolongación de internación, o
reinternación, o reoperación o respirador (neumonía, absceso subfrénico,
empiema, insuficiencia respiratoria, pérdida en la anastomosis) fluctúa entre 30
y 50%, y la sobrevida a 5 años ha sido estimada entre 20 y 45% en diversas
series, con ambas histologías (adenocarcinoma y epidermoide) y con tumor en
esófago alto, medio o bajo. Estos datos podrían tener divesos sesgos, por
limitarse en el tiempo, o por provenir de una única institución y haber
seleccionado los pacientes con menor riesgo. Una evaluación comparativa asignó
220 pacientes con tumor esofágico (adenocarcinoma) de tercio medio o bajo a
realizar cirugía por abordaje THE o TTE [6]
y halló que si bien
En otras palabras, la cirugía como modalidad única cura a muy pocos
pacientes, aún habiendo sido cuidadosamente seleccionados. El desarrollo de
enfermedad metastásica es la causa más importante de muerte, pero la recaída
local-regional es un factor importante en el deterioro de la calidad de vida y
sufrimiento de los pacientes. ¿Qué hacer?
Los resultados de la cirugía en
enfermedad avanzada (pero no metastásica) la muestran más bien como un intenso
tratamiento con resultados mayormente paliativos para la mayoría de quienes se
someten a ella (es decir, muy pocos se curan o viven 5 años o
más).
La gran mayoría de los pacientes operados por cáncer de esófago no
sobreviven largo tiempo luego de tal operación.
Si la cirugía es un procedimiento tan duro, cruento y riesgoso, y muy
pocos se curan con ella… ¿por qué continuar recomendándola? [7].
Hay una pequeña y selecta minoría (pacientes con cáncer esofágico alto, o con
tumor pequeño, que no atravesó toda la pared y no ha comprometido ganglios de
ningún tipo) que tiene su mejor chance en la cirugía. El resto –
desafortunadamente, la abrumadora mayoría de los pacientes – tiene pocas
perspectivas de vivir dignamente, o de sobrevivir siquiera, con la cirugía. Si
es que califican para ella.
Quimio-radioterapia combinada como tratamiento
definitivo en cáncer de esófago – sin cirugía. Luces y
sombras
Comencemos con algunas
clarificaciones: el objetivo es la curación, o la mayor prolongación de la
sobrevida en condiciones dignas. Se trata de los pacientes que tienen enfermedad
invasiva (no meramente carcinoma in situ), pero no-metastásica, y que no han
recibido ningún tratamiento previo para su enfermedad
maligna.
Lamentablemente, ningún ensayo pudo comparar directamente ambos enfoques,
y asignar pacientes al azar a ser operados o recibir un tratamiento con
radiación y quimioterapia. El mencionado ensayo RTOG 85-01 había comparado
radioterapia sola con quimio-radioterapia combinada, simultánea. En el mismo, se
demostró una tasa de sobrevida de 27% a 5 años en pacientes tratados solamente
con quimio-radioterapia (sin cirugía, por lo que se la denominó
“quimio-radioterapia definitiva”), comparado con cero sobrevida a 5 años con
radioterapia sola.
Otro ensayo que evaluó quimio-radioterapia (INT 122) alcanzó una
sobrevida a 5 años de 20%, con una sobrevida mediana de 20 meses (la mitad de
los pacientes vivió 20 meses o más). Si bien no es posible una comparación
directa, los resultados con cirugía sola en otro ensayo (INT 113) fueron de 16
meses y 20% de sobrevida a 5 años [8].
Un dato muy importante: la tasa de “fracaso local” (recaída del tumor
esofágico o en ganglios regionales). La recaída local fue el primer sitio de
fracaso del tratamiento en 39-45% (por oposición a la aparición de metástasis
como primer sitio de recaída). Sin embargo, hasta 60% de los pacientes que
recaen tienen algún componente de fracaso local, generalmente, sintomático. La
mortalidad de la quimio-radioterapia oscila entre 2 y 6%.
Con las herramientas disponibles
actualmente, tanto la cirugía como la quimio-radioterapia definitiva tienen
limitaciones. Son opciones imperfectas.
¿Sería
necesaria la cirugía para un paciente que tiene una respuesta completa o muy
importante luego de quimio-radioterapia?
Básicamente, hay sólo
dos ensayos aleatorizados publicados que examinan esta pregunta.
Por otra parte, el Grupo Alemán de Estudio del Cáncer Esofágico comparó
quimio-radioterapia seguida de cirugía versus quimio-radioterapia (sin operación) [11]. Este ensayo incluyó 177 pacientes con cáncer epidermoide
esofágico, evaluados con eco-endoscopía (T3-4, N0-1). Se los asignó
aleatoriamente a recibir tres ciclos de quimioterapia preoperatoria con
fluorouracilo, leucovorina, etopósido y cisplatino, seguidos de etopósido /
cisplatino más 40 Gy, seguido de cirugía, o bien quimio-radioterapia solamente
(mismo esquema de quimioterapia, pero llegando a una dosis total de radioterapia
de 60 Gy). La tasa de control local fue superior con cirugía (81% versus 64%)
pero no hubo diferencia significativa en la tasa de sobrevida a 3 años (28%
versus 20%). Estos resultados han
sido publicados en forma completa [12].
El grupo cooperativo norteamericano RTOG utiliza actualmente como esquema
de referencia en cáncer esofágico T3-4 N0-1, el enfoque combinado de
quimioterapia con paclitaxel, cisplatino y fluorouracilo – con infusión continua
de fluorouracilo por 4 días, durante la radioterapia, a intervalos de 4 semanas
– y un esquema de radioterapia con dosis diarias de 180-200 cGy. Hay en curso
otros estudios que evalúan administrar más de una dosis diaria (radioterapia
hiperfraccionada) pero hasta el momento no hay evidencia de superioridad para
este abordaje.
Cabe considerar un aspecto técnico: ¿cómo identificar los pacientes con
mejor respuesta a la quimio-radioterapia? Más allá de la endoscopía digestiva
alta y la tomografía computada, la eco-endoscopía y especialmente el PET-FDG son
los mejores predictores de una respuesta completa patológica[13], según observado en un ensayo en que los pacientes eran
rutinariamente operados a posteriori de esta
comprobación.
La quimio-radioterapia no es un tratamiento light: aproximadamente 60% de los
pacientes presentan esofagitis severa. La estomatitis, diarrea, deshidratación,
neumonía, sepsis, sangrado y shock son algunas de las complicaciones graves,
además de las descompensaciones cardiovasculares y metabólicas de patologías
asociadas que tuvieran los pacientes. Este tratamiento no es para todos, y no
todos lo toleran. Hace falta un apoyo continuo y dedicado, con atención al
detalle. Es duro, pero es factible.
En otras palabras: las
investigaciones revelan que no parece haber beneficio en utilizar cirugía luego
de quimio-radioterapia. Pueden obtenerse resultados similares a largo plazo, sin
operación. ¿Para qué operar, entonces?
Conclusiones y perspectiva
Si una dura intervención
diseñada y realizada con la expectativa de curar, mayormente no cura, y si otra
intervención, también dura pero no mutilante obtiene resultados similares,
entonces los pacientes tienen una opción más a la mano, sin tener que resignar
expectativa de resultados a largo plazo.
El cáncer de esófago podría ser el segundo cáncer digestivo (el primero
fue el cáncer anal) en que la quimio-radioterapia combinada hiciera innecesaria
a la cirugía, a los fines curativos.
El rol de la cirugía se
iría desplazando entonces al abordaje curativo de quienes tuvieran lesiones no
tan avanzadas, más altamente curables quirúrgicamente, tales como el carcinoma
in situ, o los carcinomas invasores precoces (T1-2, N0). En los casos de tumores
avanzados operables (T3-4, N0-1), ¿quizás debiera reservarse la esofagectomía
para pacientes no-respondedores [14]
o bien para rescate ante recaída local? Hacen falta más investigaciones clínicas
para establecer estos puntos.
Hay otras conclusiones posibles: la quimio-radioterapia podría ser una
opción razonable para pacientes que no fuesen candidatos quirúrgicos. Los
pacientes añosos toleran bien algunos esquemas selectos de quimio-radioterapia,
con apropiada atención al detalle y cuidadoso monitoreo [15].
Es muy importante poder elegir. Ahora es
posible.
Buenos Aires, marzo de 2007.
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